domingo, 6 de mayo de 2012

EL REFUGIO DE LOS RECUERDOS

Aquella noche tampoco pude reprimir las ganas de buscar cobijo entre mis padres. Era invierno. Había tormenta y cada vez que un rayo rompía el cielo se iluminaba mi habitación y se oscurecía mi mirada. Caminé hasta la puerta de mi cuarto, la abrí y recorrí el pasillo hasta la habitación de mis padres. Allí, sintiendo la reconfortable sensación del paso del mármol al parqué, me hice fuerte entre mi madre y mi padre y respiré tranquilo. Nada ni nadie podía hacerme daño. Me dormí (...)

-Y regreso a los primeros años de mi vida. Caminando sobre unas enormes zapatillas que se mueven solas y me llevan al cuarto de baño. Unas zapatillas que hablan y me enseñaban las claves para hacer pipí sin marchar ni mancharme. Unas zapatillas que por entonces anunciaban sus primeras canas.
-Y regreso a una tarde de miércoles en Jardín Atalaya; vuelvo del colegio junto a los amigos a los que he invitado a mi fiesta de cumpleaños. Ese día todos quieren sentarse a mi lado en el autobús. Al llegar a casa el timbre avisa a mamá, que abre la puerta cosida a una sonrisa y nos besuquea a todos... ¡Felicidades, Toñitito! En la mesita de la salita de estar hay un banquete. Fanta de limón y de naranja; cocacola; patatas fritas de todos los colores; pequeños bocadillos; chuchería... diversión y recuerdos...
-Y regreso a un sábado cualquiera a media mañana. Mi madre me ducha y me viste. Papá me peina como a un monaguillo. Pasar la mañana en el Mercado del Arenal era toda una aventura de los sentidos. El olor del puesto de encurtidos y mi hermano poseído por la magia del vinagre; ese frutero que te daba a probar una picota; o el carnicero que prometía a mi madre que su carne era la mejor... y sobre todo aquel vasito de lima que compartía con celo junto a mi hermano. ¡A quién le duraría más!
-Y regreso a una siesta en el sofá de casa. Mi cabeza reposando sobre el regazo de mamá, que me atusa los rizos y me lleva al sueño de mediatarde. Mi padre descansa el sofá de al lado. 
-Y regreso a una tarde cualquiera a la vuelta del colegio. ¿Y las notas? pregunta mamá; Aún no me las han dado, respondo yo; Hemos llamado a tu tutor, han vuelto a quedarte a las matemáticas...
-Y regreso al abrazo de mis padres cuando supieron que había aprobado el carnet de conducir a la primera; o a la mirada cómplice de mi madre en el día de mi graduación como periodista; o al gesto de aprobación de ambos cuando comprobaron que la educación que me dieron durante años iba surtiendo efecto (...)

Y despierto de nuevo, refugiándome en el recuerdo de las dos personas más importantes de mi vida. A un lado él; al otro, ella. Cualquier día es bueno para decirles TE QUIERO.

jueves, 23 de febrero de 2012

UN CORAZÓN QUE LATE ENTABLILLADO


Estoy seguro de que mi corazón no es el único que ha latido entablillado durante algún tiempo. Hay miles, millones de millones de personas en el mundo que alguna vez han sufrido por amor. Ellos y ellas también saben qué se siente cuando un corazón late dentro de ti afligido o entablillado, como yo prefiero llamarle.

Lo mío con el desencuentro sentimental viene de lejos. Con apenas 18 años tuve mi primer tropiezo. Ella se equivocó, yo también erré, y ambos decidimos separar nuestros caminos cuando apenas había transcurrido un año. Pero aquel corazón era elástico y no sentía como siente el corazón maduro, mucho más sensible a todo. Pasaron los años y conocí a la primera persona que se hizo un hueco seriamente en mi pecho. Fueron unos tres años de relación y de nuevo la sensación de que ni esa persona ni esa relación estaban hechas para lo que yo estaba dispuesto a ofrecer ni para lo que yo estaba dispuesto a dar.

Entonces sí sentí de veras el latido de un corazón entablillado. Eran golpes torpes en el alma y en la sien; eran madrugadas en vela madurando torpemente un conflicto al que apenas encontraba solución. Uno no empieza a caminar de nuevo hasta que comprende que todo forma parte de una forma de ser; entonces desarrolla fórmulas y actitudes que sirven para curar esas lesiones más rápidamente y para sobrellevar mejor el día a día. Las ‘Pastillas del Tiempo’ fueron entonces mis mejores amigas. Hoy siguen siéndolo. Es bien sencillo: deja pasar el TIEMPO que todo lo cura, ¡déjalo pasar!

Tras aquel tropezón, como ya había hecho anteriormente, caminé en solitario, aprendiendo a hacerme cargo de mí mismo, ocupándome enteramente de mí, SÓLO EXISTÍA YO… y así llegamos a una situación de estabilidad similar a la que ya disfruté antes de conocer a mi primera pareja. Entonces apareció otra persona. Mi corazón, despojado de sus lesiones, dijo SÍ, y yo tampoco pude negarme a la evidencia. Fue una relación diferente, ni mejor ni peor que la anterior: diferente. Pero finalmente todo desembocó en una situación parecida tras algo más de año y medio de noviazgo. De nuevo, ni ella ni yo éramos esas dos `piezas’ dispuestas a renunciar a lo que hiciera falta por encajar en el puzle de la vida de la mano. Cuando dos corazones no quieren seguir latiendo al compás, lo ideal es dejar que sigan haciendo música por separado.

Y en esta situación me encuentro: de nuevo con un corazón que late entablillado. Aunque es más sabio que aquella primera vez y mejor paciente. Hoy apenas lamenta los tropiezos que le produjeron este malestar y se limita a tomar las famosas ‘Pastillas del Tiempo’ para recuperarse cuanto antes. Ningún traspiés podrá con la voluntad eterna de enamorarnos y compartir la vida con nuestra compañera. MI CORAZÓN está entablillado, pero sigue latiendo….
[continúa en Jaula sin Rejas]

jueves, 19 de enero de 2012

EL VERANO ERA DIFERENTE EN VILLA GIRALDA


Quién no recuerda el olor del verano en la infancia… Mis mañana en el chalet que mi abuela materna tenía en pleno corazón del pueblo sevillano de Sanlúcar la Mayor olían a pan recién hecho; los recuerdos de las mañanas de agosto en Villa Giralda huelen a pasos de mis primos pequeños –unas veces agitados; otras, sigilosos; otras, casi inaudibles- sobre aquella moqueta que acariciaba los pies si la recorrías suavemente y los quemaba si rompías a correr…

Recuerdo aquel “¡niños, a desayunar!”; aquel afán por diferenciar a los Antonios que tanto proliferaron en honor a mi abuelo: “Antonio Morillo! Antonio Castro! Antonio Moreno!”, todos debíamos afinar el oído no en el nombre, sino en el apellido, ahí estaba la clave. Las mañana olían a los rayos del sol que te hacían arder desde bien temprano; olían al cloro de la piscina cuando me tocaba dormir en el Cuarto de los Espejos y al perfume recargado de las señoras de pueblo cuando dormitaba en el ‘Cama Va’. Allí, en el ‘Cama Va’, existía el aliciente añadido de que quien pasaba junto a la ventana casi podía tocarte los dedos de los pies para despertarte. ¡Cuántas mañanas entreabrí un ojo y observé a un niño contemplando el dormitorio o a un señor mayor analizando el cuadro con el que mi abuela había decidido decorar aquella estancia! (…)

Las mañanas en Sanlúcar olían a “¿por qué no te has puesto una camiseta para bajar a desayunar? ¡Subes, te lavas la cara y los dientes, haces la cama y luego bajas!”. Olían a una sonrisa cómplice intercambiada con mi primo Tola en la mesa negra de la cocina; donde, por supuesto, medio pueblo también podía disfrutar del primer Gran Hermano de la historia, que no lo firmó T5, sino la Familia Morillo de Villa Giralda, en Sanlúcar la Mayor. Podían vernos desayunar, bañarnos en la piscina a través de la valla del jardín o tomar el té por las tardes; a menudo también les sorprendías compartiendo un momento único de televisión a través de la ventana del salón o de la salita, donde se celebraba la fiesta diaria de los primos después de la comida.

Mis veranos en Sanlúcar tenían unas mañanas muy diferentes a las de mis primos. Mis mañanas eran para compartir con mi padre. Y no jugábamos precisamente al fútbol ni a las chapas. ¡Matemáticas! Sé que él odiaba esas dos o tres horas, casi tanto como yo, pero teníamos que hacerlo. Recuerdo aquel día en el que él andaba a grito limpio por los pasillos de Villa Giralda y se cruzó con mi madre: “Mariajo, ¿sabes dónde está el Grillo?”. Correcto, el Grillo era servidor, que era pequeño y moreno como el carbón; creo que mi madre le señaló la piscina, y de allí me sacaron literalmente de las orejas un minuto después. “¿Tú has terminado los problemas?”; “¡Sí! Se los he enseñado a Mamá…”; “¡Mentira, Patri, a mí no me ha enseñado nada!”; “¿Flojo y mentiroso?” 'Cosqui' y a la habitación.

Y así enlazaba con la comida. Un sinfín de cabecitas compartiendo el gazpacho y las albóndigas con tomate de mi abuela, repartidos por edades en la mesa infinita de la cocina, desde donde brindábamos por la salud de los vecinos que pasaban junto a la ventana despertando su apetito. Mi padre se acercaba a la puerta y con un gesto de reproche me recordaba que las Matemáticas siempre debían estar antes que la piscina y la diversión; al menos hasta septiembre.

“¿Quién quiere ir esta noche al Cine de Verano? ¡Echan Tiburón!”, decía uno de mis primos mayores mientras ayudábamos a recoger los platos después de comer. “Quien quiera ir tendrá que dormir la siesta, ya lo sabéis”, nos recordaba la abuela Charo. Miradas cómplices y un desfile de Caminantes hacia la planta de arriba a través de la Escalera de Moqueta. Costaba trabajo conciliar el sueño con el calor del mediodía, pero al final te dormías… ¡y te despertaba otro olor! El inconfundible olor a té y a tostadas con mantequilla. Había reunión en el jardín delantero y no me la quería perder. “¿Puedo tomar un té, Mamá?”; “Sólo uno y flojito, Mariajo, que luego no hay quien le duerma”, señalaba mi padre; “Esta noche voy al cine y me acostaré más tarde”, le replicaba taza en mano y con gesto sonriente; “¿Tú has dormido la siesta?”, contraatacaba mi abuela; “¡Claro, me acabo de levantar!”, exclamaba mientras soltada la taza vacía sobre la mesa y corría como un poseído hacia la piscina. “¡Ten cuidado con el bordi… -ploofff!-” Agua va y mensaje de advertencia de mi padre interrumpido. Sonrisas. Sonrisas y juegos. Y carreras en el agua. Y el clásico gana quien dé un toque al otro y logre salirse de la piscina sin que éste le responda.

“¡A la ducha!”, era la voz de nuestras madres anunciando que terminaba la tarde de piscina. Tocaba ducharse y vestirse para marchar al pueblo y disfrutar de ‘Tiburón’ sentados en aquellas sillas de metal que no eran precisamente los sofás de casa. Por cierto, aquella tarde juraría haber visto al mismísimo ‘Tiburón’ perseguirnos bajo las aguas de la piscina con forma de ataúd que presidía la entrada de Villa Giralda.

Todos duchados; todos vestidos; todos teníamos nuestro bocadillo de tortilla francesa en la mano; rebecas y jerseys para protegernos del frío de aquella terraza descubierta en pleno corazón de Sanlúcar la Mayor… y rumbo a la Plaza. Terminaba un día mágico en aquel chalet donde pasábamos los veranos y muchas Semanas Santas. Al día siguiente, cuando el sol volvía a romper, de nuevo nos despertaría el olor a pan recién hecho.

miércoles, 4 de enero de 2012

SIETE HORAS EN UN RENAULT 14 GRIS...

Era Navidad y tocaba viajar a Madrid. Unas siete horas interminables en aquel Renault 14 gris metalizado de mi padre que tantas veces nos condujo hasta nuestro sueño. Al principio sólo me acompañaba mi hermano Patri; más adelante también Ignacio tendría la oportunidad de comprobar cómo era jugar a meter el dedo en la boca de tu hermano sin que a éste le diera tiempo a morderte; viviría las paradas en gasolineras donde el temido 'After Eight' y el olor a gasolina se daban la mano para llevarme al precipicio del vómito. Lo recuerdo. Recuerdo ese "Papá, para, quiero vomitar; Patri, para que Toñito está mareado...". Pero lo recuerdo como algo agradable porque forma parte de aquella experiencia irrecuperable e irrepetible. Entonces no había que poner el triángulo de emergencia sobre la carretera ni usar el chaleco reflectante...

Atravesar Despeñaperros y preguntarle a mi madre por qué se llamaba así era otro clásico; creo que yo conocía el motivo, de hecho todos los años me lo explicaba, pero yo quería escuchar la voz de mi madre explicándome algo, sólo eso.

"¿Qué temperatura hace ahora?", preguntaba mi hermano mayor cada media hora. Él era el de los sobresalientes y los notables, la mente inquieta y la pregunta permanente; yo andaba en mi mundo, dibujando con el dedo en mi cristal aprovechando el vaho de las bajas temperaturas. Intentando escribir mensajes que pudieran leerse correctamente desde fuera y que más tarde leería cuando parásemos a comer. Lo recuerdo como un episodio de mi vida de los que dejan huella... mi madre diciendo a mi padre que no se distrajera con el paisaje y mirase al frente. "Cuidado con el de delante, estás corriendo mucho"; y él -cejas arqueadas por momentos para envolver las reprimendas- insistiendo en que no estaba corriendo. Nos mira por el espejo retrovisor; se cruzan nuestras miradas y es él: "¿Cómo estás, Toñitito? ¿Tienes sueño?". "No, papá, ya he dormido. Sólo quiero llegar y ver a la abuela y jugar con el primo y con Killer". Killer era el primer doberman que acompañó a mi abuela en su piso de Santa Engracia, en el centro de Madrid.

Era de noche y hacía una hora que habíamos parado a echar gasolina. El Renault 14 'escaló' una subida y al fondo comenzaron a vislumbrarse luces. Ahí hablaba de nuevo mi hermano Patri: "Mira, Toñito, la ciudad de Plata...". Madrid resplandecía en la noche como cualquier joya que espera a que se hagan con ella. Para un niño que venía una vez al año a Madrid aquello era demasiado grande.

Después tocaba que mis padres se perdieran buscando el acceso al centro de la capital; aquel mar de carreteras nos ponía a todos un poco nerviosos. Una media hora después ya estábamos en los bajos de aquel piso que a mis ojos era todo un rascacielos. Mi padre nos invitaba a bajar con mi madre e íbamos subiendo con algunos bultos. "Taparos la boca que hace frío", gritaba mi padre desde el interior del coche; a él le quedaba la prueba de aparcar en Madrid. Otra aventura que a menudo veíamos finalizar desde la ventana del piso de mi abuela. "Ya ha aparcado", decía mi madre sonriendo a mi abuela. Ésta era toda felicidad por ver a sus nietos. Subíamos al ascensor corriendo cada uno por una de las dos escaleras laterales; recuerdo aquellas pegatinas en el interior del elevador. Recuerdo también bajar en la planta de casa de abuela y pelearme con Patri por llamar al timbre. A continuación comenzaba la parte más dulce de este sueño. Se oían los pasos de mi abuela y su "¿quién anda ahí?" acompañados de las pisadas nerviosas de Killer, que nos esperaba una Navidad más sobre el parqué de aquel piso de techos elevados y pasillos infinitos que nunca olvidaré.

viernes, 26 de marzo de 2010

KIRO Y AQUELLA TARDE MONTE ABAJO...

'Kiro' llegó a nuestras vidas como el agua de la lluvia en otoño después de un verano caluroso y seco. Necesitábamos saber qué se sentía al compartir una mascota, un animal de compañía, y papá nos dio esa posibilidad. Un precioso pastor alemán nos esperaba en casa de unos amigos del colegio, junto a su madre y el resto de sus hermanos. Rercuerdo como si fuera hoy su olor. Recuerdo que era una bolita de pelo negro y pinceladas de un marrón que anunciaban el clásico corte de esta raza. Y qué colmillos; sus pesqueñas 'astillitas' se clavaban sobre todo lo que estuviera a su alcance. Por entonces aún vivíamos en Jardín Atalaya, en un piso, y la transición hacia un chalet, con un jardín generoso, fue especialmente celebrada por él. Pasaba ratos largos en el balcón, correteaba con cuidado por el suelo del salón, jugaba con Bolita y, de alguna manera, nos alegraba un poco más la vida. Recuerdo aquella tarde en la que Patri y yo subimos junto a Ignacio y 'Kiro' a lo más alto de la Colina que presidía Jardín Atalaya. Desde allí se divisaba Sevilla como una ciudad de 'Lego Land'; la distancia no era tanta, puede que sólo fuera que éramos niños, y que entonces todo lo veíamos a una escala muy diferente. Y allí estábamos los cuatro junto a aquella casa abandonada y semidestruida. Recuerdo que pasó un señor corriendo y el gesto de su rostro: a camino entre la sorpresa y el reproche... Se lo explico y lo entenderán mejor. Junto a nosotros también estaba aquel 'enorme' camión naranja en el que sólo cabía Ignacito, y la cadena de Kiro y nuestro perro hicieron que se desencadenara aquella carrera monte abajo que bien pudo costarnos un castigo sin precedentes. Kiro se descolgó del pelotón sin dar tregua a mi hermano mayor, que perseguía al spring el camión naranja que transportaba a Ignacito, que por entonces ya llevaba las gafas en la nunca y no paraba de arrastrar sus botitas negras contra la arena al tiempo que buscaba el freno de mano; y yo, más torpe por los nervios de lo que intuía, seguía la estela del grupo como perdedor de una carrera esperpéntica con la que ninguno contábamos a priori. El desenlace fue el obvio. Nadie llegó a la meta en condiciones normales. El 'trailer' volcó y 'Topito' salió rodando, al tiempo que Kiro escapó desbocado hacia la falda de la montaña, en dirección a la puerta de nuestro bloque. Patri le silbaba, pero ni la canción que más gustaba a nuestro perro sirvió para seducirle. Creo que él fue el primero en asustarse al contemplar el percance sufrido por el pequeño. Yo comprobé que el enano no tenía nada grave e intenté aplacar sus lágrimas con alguna broma inocente; y Patri se nos unió de vuelta en su intento frustrado de 'cazar' a Kiro. Minutos después avanzaba la comitiva de los tres hermanos y un camión naranja siniestro total por el caminio que unía la zona del campo del fútbol con los aparcamientos del bloque tres, donde nos esperaba Kiro, sentado bajo el soportal. Nos sacudimos y convencimos a Ignacio para que no se chivara a nuestros padres. Eran las nueve de la noche, ya había anochecido y Papá nos había estado llamando desde el balcón. Esperando que no hubiera contemplado la surrealista escena accedimos al portal y llamamos el ascensor. Arriba esperaba mamá, que nos arrebató al pequeño y nos preguntó qué le habíamos hecho esta vez. Patri me miró, y yo le miré a él. Ambos apretamos los dientes temiendo lo peor... pero 'Topito' salió al quite y le quitó hierro al asunto diciendo que habíamos estado jugando con el perro, por eso andaba sucio y con la camisa rota. Iba de la mano de mi madre hacia el interior de casa, y se detuvo en la entrada y nos miró sonriendo, con las gafas descolgadas sobre su minúscula nariz y una sonrisa cómplice que jamás olvidaré.

martes, 12 de enero de 2010

...Y BOLITA LLEGÓ A NUESTRAS VIDAS

El día que él nació yo ya tenía seis años y mi hermano mayor, ocho. Recuerdo como si fuera ayer aquella tarde, cuando regresé del colegio junto a Gonzalo. Fue bajarnos del autobús e intercambiar carreras a modo de relevo. Sabíamos que nuestro hermano pequeño ya estaba en casa y queríamos conocerle cuanto antes; también saber de mamá, que había pasado unos días fuera, en el hospital. “Está muy bien y os manda muchos besos”, nos decía papá siempre que preguntábamos por ella.

Llegamos al portal y continuó la carrera rumbo al tercer piso. Él, por la escalera; yo usé el ascensor. Él llamó a la puerta; y yo, al timbre. Pocos segundos después, y con las mochilas aún sobre nuestras espaldas, la carrera se trasladó al pasillo, en dirección al cuarto de mis padres. Papá intentaba templarnos el ánimo y nos pedía que no hiciéramos ruido. Una vez dentro, recuerdo la habitación a oscuras y una leve luz prendida en la mesilla de noche, alumbrando a medias el rostro de mi madre. Ella era una inmensa sonrisa de satisfacción y felicidad. Olía a nuevo, a vida recién estrenada. Señalaron hacia una pequeña cuna, junto a su cama. Mientras mi padre insistía en pedirnos silencio cruzando sus labios con el índice de su mano izquierda, con la otra mano plegó una pequeña mantita azul y nos mostró su carita. “¡Está como un tomate!”, exclamé a media voz; “¿Por qué está tan rojo?”, continuó Gonzalo. “Es muy pequeño, apenas tiene dos días de vida y necesita estar calentito, dormir y comer. Tiene la cara como un tomate pequeñito, sí, y es buena señal”, nos explicó mi padre. Le dimos un beso cada uno. Yo quise dárselo en el moflete, pero era tan pequeño que me dio la sensación de haberle plantado mis labios en la mitad de la cara. Justo encima de aquella minúscula nariz. Hubiéramos pasado toda la tarde allí, observándole, disfrutando con cada bostezo, siguiendo los movimientos de aquellas manitas, cerradas en sus puños, que nacían de dos brazos minúsculos… Pero tanto nuestro hermano como mamá tenían que descansar.

Salimos del cuarto y, mientras merendábamos, Gonza comenzó a explicar a papá cómo había transcurrido aquel día de colegio a pesar de mis interrupciones. “Me han sacado a la clase en matemáticas”; “¿Y mañana podremos verle otra vez?”; “Y mi profesor me ha felicitado por haber hecho los ejercicios muy bien”; “¿Cuándo podrá andar, papá?”. Mi padre, que miraba a Gonzalo mientras éste le contaba sus hazañas, extendió su mano hacia mí pidiéndome paciencia. “Pablo, termina de comer y no interrumpas a tu hermano mientras está contándome sus cosas, por favor. Mañana veréis otra vez a Bolita, no te preocupes”. “¿Bolita?”; “¡Bolita!”. Mi hermano preguntó y yo exclamé. “¿Quién le ha puesto ese nombre? ¿No iba a llamarse Ramón?”. Papá estalló en carcajadas, y nosotros nos miramos con incomprensión; mi padre intentaba contenerse para no hacer demasiado ruido, y continuaba nuestra extrañeza. “Se llama Ramón, tal y como os dijimos. Bolita es sólo un apelativo cariñoso. Su cuerpo, su cabecita, sus manos… es muy redondito en general, ¿no os parece?”. Gonzalo y yo volvimos a miramos, nos echamos las manos a la boca y comenzamos a reír junto a mi padre.

viernes, 18 de diciembre de 2009

LOS REYES MAGOS SÍ EXISTEN

¿Alguno de vosotros -permitidme la licencia del tuteo- vio o escuchó alguna vez a los Reyes Magos? ¡Yo sí! A ver, me explico, jamás les vi, pero les escuché cada año, mientras nos dejaban los regalos en el salón. Pequeño idiota aquel compañero del colegio que se empeñó en que los Reyes eran los padres, pobre torpe, cuánto se perdió al jugar a ser mayor sin serlo...

-'¿Sabes que los Reyes son los padres?' Insistía con frecuencia un niño con el que a veces jugaba en el recreo de mi colegio.
-'Pues no, no son los padres, no te creo. Yo les he oído muchas veces y esas voces no son de mis padres, que además siempre duermen cuando ellos nos visitan... Es imposible, no es verdad'.
La historia de siempre desde hacía un tiempo. Ese chico estaba empeñado en aguarme una historia preciosa que se repetía cada año en enero. Aquella tarde de diciembre, con la Navidad en puertas, no pude reprimirme y asedié a mi padre con preguntas cuando vino a recogernos.
-'Me han dicho que vosotros sois los Reyes Magos, que todo es mentira y que no existen'.
Comenté en voz alta apagando la energía de mi hermano pequeño, que amenzaba con llorar ante semejante noticia. El mayor, por contra, reía y miraba a mi padre con gesto cómplice.
-'¿Qué dices, hijo, pero de dónde te has sacado eso? Como se enteren, que ellos están en todos lados y lo ven y lo oyen todo, te traerán carbón este año. Quienes no creen en ellos, no reciben nada, ya te lo dije muchas veces. Sabes que existen, así que no creas a quien te diga lo contrario'.
Yo permanecí callado todo el camino hacia casa. Mi padre me miraba a veces a través del retrovisor; mi hermano mayor jugaba con mi pelo para chincharme, buscando cambiar un gesto torcido por sonrisas; y el pequeño, sentado entre nosotros, sacó de su pequeña maletita un trozo de papel y gritó:
-'¡Papi, yo ya le he escrito la carta a los Reyes!'
Todos comenzamos a aplaudir y él sonrió con gesto de orgullo.

Pasaron las semanas y llegó la Navidad. Dulces, preparativos de un viaje familiar a Madrid, y una carta que llevaba días dando vueltas por el salón a la espera de que le dedicásemos unos minutos.
-'¿Habéis pensado ya lo que vais a pedirle este año a los Reyes?'
Preguntó mi madre.
-¡Siiiiiiii!
Respondimos a coro mis hermanos y yo.
-¿Y a qué esperáis para escribir la carta? Si no hay carta, no hay juguetes, ya sabéis que ese el trato.
Y listo. Yo pedí el Cinexin, casi que me conformaba sólo con eso. 'Eso y lo que ellos quieran', apostillaba; mi hermano mayor se centro en la clásica equipación del Sevilla y en coches para el Scalectrix, y el pequeño se debatía entre rodearse de Heman y compañía o esos animales que tanto le gustaban.
Pasó Nochebuena, el día 25, apuramos la estancia en Madrid y regresamos a Sevilla. Qué viajes sin fin en el Reanult 14... mejor me lo guardo para otro relato. Y tras Fin de Año, llegamos a la noche del cinco de enero. Cita ineludible en casa de mi abuela Carmina. La calle Asunción era una marea humana. Padres con sus niños a hombros y éstos atados a sus globos. Colores, colores y muchos caramelos y juguetes. La Cabalgata era algo mágico, y aún recuerdo cuando mi padre nos dejaba con mi madre y se introducía en la masa para acercarse a los pajes de sus Majestades de Oriente y les daba nuestra carta; era imposible ver cómo lo hacía, pero siempre cumplía su misión...

Cena mágica de los Cinco y vuelta a casa previa promesa a la abuela de regresar al día siguiente a ver qué juguetes encontrábamos en su casa. Lo recuerdo como si fuera ayer. 'Hoy tenéis que ser buenos y acostaros pronto, porque si los Reyes vienen y os encuentran despiertos, no dejarán nada...'. Así que dicho y hecho. Nunca costó tan poco a mis padres mandarnos a la cama. 'Mañana me levantas para ir a ver los regalos', me decía mi hermano mayor; 'Yo os levantaré a los dos', apuntaba el enano. Y silencio. Yo quería oírles, cada año lo hacía, así que no debía hacer el más mínimo ruido. ¡Y les oía! ¡Mi amigo del colegio mentía una vez más! Mis padres ya se habían acostado y había una leve luz en el salón. Les sentía beber de la copita de anís y comer turrón. Estaban preparándolo todo. Incluso podía distinguir con dificultad sus voces entre susurros. Alguna vez pensé en salir a saludarles, pero sabía que eso estaba prohibido, que o bien se asustarían sus camellos o podrían llevarse un disgusto los propios Reyes, así que me conformaba con pegar el oído a la pared. Pero les escuchaba y sabía que todo era verdad, sabía que mi compañero estaba equivocado, y eso me encendía una enorme sonrisa de tiza en la oscuridad de la noche.

A la semana siguiente, cuando regresé al colegio. Me crucé con el chico que solía marearme con esa gran mentira de que los padres eran los Reyes. Y fui claro para desenmascararle:
-'La noche de Reyes dormí con mis padres toda la noche. Ellos no se movieron de la cama. Y a la mañana siguiente el salón estaba lleno de regalos. ¿Sigues pensando esa tontería?'
Se le cambió la cara y se permaneció blanco, inmóvil.
-'¿Y qué te trajeron?' Preguntó.
-'Qué más te da, si no crees en ellos. Y si te dejaron algo deberías devolverlo'.
Marché en otra dirección, sonriente. Había usado una mentira piadosa para darle su merecido a un niño empeñado en jugar a ser más mayor de lo que le correspondía. La licencia de dejar de soñar porque sí no debe tomársela nadie. Yo, unos treinta años después, sigo creyendo en los Reyes Magos.